El Andar Posmoderno

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“La moralidad no es algo necesario ni primordialmente ideológico. Frente a una sociedad amoral, se convierte en un arma política” Herbert Marcuse.

Para pensar lo que ocurre en nuestros días es mucho lo que se debe de tomar en cuenta, sin embargo, es tan cotidiano que a veces no nos detenemos a ponerle la atención requerida. Los problemas a los que nos enfrentamos son muchos y cada uno de ellos tiene una explicación que va más allá de lo que nos imaginamos, y muchas veces lo mínimo es lo más importante.

No es difícil escuchar en la calle que nuestra sociedad va por mal camino, que hoy el mundo se encuentra en decadencia y que las diferencias entre ricos y pobres crecen cada día más, que los intereses de pocos sobresalen de los de la mayoría; a nivel ecológico la negatividad también se hace presente. La flora y fauna se ponen en un riesgo cada vez mayor por la falta de cuidado de la que desde hace muchos años son víctimas. La escasez alimentaria en una escala mundial es una amenaza que se tiene muy presente y sobre la cual se ha trabajado poco. Los problemas que se nos presentan son muchos, pero no hemos podido darles solución.

Hoy nos enfrentamos contra una sociedad que es cualquier cosa, menos una sociedad. Hoy las personas que conformamos este gran colectivo, nos encontramos desunidos, manteniendo un comportamiento alejado del interés de los demás. La individualidad se ha adueñado de nuestros pasos y vemos en ella una forma de continuar con nuestra vida.

Freud planteaba que el ser humano se enfrenta ante la imposibilidad de ser feliz y ante ella, busca la forma de no ser infeliz, así “El aislamiento voluntario, el alejamiento de los demás, es el método de protección más inmediato contra el sufrimiento susceptible de originarse en las relaciones humanas.”1 En este momento podemos sentarnos a reflexionar si sus palabras son ciertas, si aquello que plantea en estas pocas líneas contienen verdad, pero al final veremos que cuentan con gran razón, afectándonos a gran o pequeña escala; sin embargo, el resolver de esta manera el problema de la individualización social, nos llevaría a preguntarnos ¿por qué fue en estos tiempos y no en otros? ¿Qué nos hace diferentes de los hombres que pisaron la tierra antes de nosotros? Para dar respuesta a estos cuestionamientos, debemos de aumentar nuestro análisis e ir buscando qué acontecimientos han marcado a nuestra época y cuáles son las diferencias que tenemos con las eras anteriores. Quien se atreva a dar una respuesta rápida y simple a estas preguntas, deberá detenerse un poco más y reflexionar a fondo que es lo que ha llevado a la sociedad a estar en este punto.

Para aquellos que no están tan familiarizados con el término de posmodernidad, veo necesario detenerme un poco para hacer una explicación pequeña del sentido de esta palabra. Este concepto hace referencia al surgimiento del neoliberalismo, con el que comenzó la transformación de las relaciones sociales.

Este cambio en el modelo económico provocó un debilitamiento en el Estado, que hasta ese momento tenía a su cargo las funciones de procurar el bienestar de los ciudadanos, brindándoles un trabajo bien remunerado, un hogar con una buena estructura y dentro de un territorio con las condiciones para ser habitado, una seguridad social que le otorgará salud a ellos y sus familias, teniendo como visión la de dar una vida digna bajo la protección de Estado. Ese debilitamiento provoco un divorcio entre el poder y la política y las funciones de procurar el bienestar de los individuos fueron abandonadas por el Estado, así “[…] tales funciones quedan a merced de las fuerzas del mercado, con fama de caprichosas e impredecibles por naturaleza, y son abandonadas a la iniciativa privada y al cuidado de los individuos."2

Es así como se comienza un declive en la planeación a futuro y todo se comienza a ver desde la inmediatez. Así comienza la gran ruptura de la modernidad sólida, aquella que mantenía lazos sociales fuertes y que hacía que nuestra integración estuviera resuelta en grandes grupos de referencia que nos brindaban el sentido de comunidad, de los cuales recibíamos el apoyo necesario para hacerle frente a nuestros infortunios personales o familiares. Es por ello que ahora nos encontramos en un momento en el que “[…] salimos de la época de los “grupos de referencia” preasignados para desplazarnos hacia una era de “comparación universal” en la que el destino de la labor de construcción individual está endémica e irremediablemente indefinido, no dado de antemano, y tiende a pasar por numerosos y profundos cambios antes de alcanzar su único final verdadero: el final de la vida del individuo.”3

En esta era en la que ser un ente individual se ha sobrevalorado y tomado el poder de la ideología general es que nace la modernidad líquida, una modernidad destinada a fundir todos los sólidos que se habían construido con anterioridad, haciendo que las relaciones sociales se muevan y se adapten con la rapidez que un líquido adquiere la forma del objeto que lo mantiene contenido, provocando que la experiencia no sea un apoyo ante los nuevos sucesos, puesto que estos han cambiado y las reacciones o soluciones anteriores ya no tienen cabida como respuesta ante ellos, “lo que se enfatiza en todo momento es olvidar, el borrar, el dejar y el remplazar.”4

Lipovetsky nos habla de una etapa dentro de la misma posmodernidad, una etapa en la que observa una modernidad acabada, en la que los límites éticos y morales que le impidieron alcanzar sus logros en años anteriores a la modernidad, ya no son un obstáculo. Ahora “El Estado retrocede, la religión y la familia se privatizan, la sociedad de mercado se impone: ya sólo quedan en la palestra el culto a la competencia económica y democrática, la ambición de la técnica, los derechos de los individuos. Lo que hay en circulación es una segunda modernidad, desreglamentada y globalizada, sin oposición, totalmente moderna, que se basa en lo esencial en tres componentes axiomáticos de la misma modernidad: el mercado, la eficacia técnica y el individuo.”5

Dentro del proceso que observa Lipovetsky se localiza la redefinición del tiempo y al igual que Bauman notan como se ha incrementado el interés porque las cosas sean más rápidas. En nuestra actual forma de convivir se espera obtener el beneficio de manera más rápida; obtener una mayor eficacia en menor tiempo caracteriza hoy nuestra forma de vida. “La sociedad hipermoderna se presenta como una sociedad en la que el tiempo vive de manera creciente como una preocupación fundamental, en la que se ejerce y se generaliza una presión temporal en aumento. […] Desde el momento en que se privilegia el porvenir, se tiene la impresión de no estar en la vida <<verdadera>>.”6

La individualización del hombre ha sido beneficiada por la pérdida del lenguaje. Como si la novela de Orwell 1984, cobrara vida, hoy su “neolengua” ha comenzado a expandirse por el mundo. Ese sistema de incomunicación que utilizaba el Partido de dicha obra para controlar a los hombres ha sido descrito por varios autores. 

Con la llegada de la televisión comienza la transformación del lenguaje dentro de la humanidad. Es esa la opinión de Giovanni Sartori, el cual comienza su obra mostrando como el homo sapiens desde un principio comenzó a construir su conocimiento a partir de símbolos.

A partir de esa capacidad simbólica del hombre construyó un lenguaje y posteriormente la escritura; capacidad con la que logro comunicarse con los demás. Es por ello que “el hombre posee un lenguaje capaz de hablar de sí mismo. El hombre reflexiona sobre lo que dice. Y no sólo el comunicar, sino también el pensar y el conocer que caracterizan al hombre como animal simbólico se construyen en lenguaje y con el lenguaje.”7

Esta capacidad de la que nos habla Sartori da cuenta del poder reflexivo del ser humano, poder que lo llevó a crear nuevas formas de socializar y de comprender su mundo, avanzando en el desarrollo de satisfactores que el hombre puso a las necesidades que se le iban presentando con el tiempo.

Sin embargo, hoy vivimos en la era de la imagen, la cual se contrapone al conocimiento mediante la abstracción. Hoy en día la lectura ha cedido espacio a las imágenes televisivas o utilizadas en las redes sociales. Ante la inmensa información que existe en Internet, el hombre busca como lo mencioné antes, lo rápido, lo inmediato, aquello que le ahorre el trabajo de pensar y que le otorgue la idea procesada.

La investigación ha sido reducida a una palabra, googlear. Los libros han quedado relegados a los nostálgicos que aún gozan de la lectura. El hombre poco a poco ha ido perdiendo su lenguaje por esa búsqueda de eficiencia. Hoy las masas piensan en como ajustar sus ideas a 140 caracteres, y no en profundizar sus pensamientos para hacerlos perpetuos.

Esa pérdida de lenguaje imposibilita nuestra comunicación, aislándonos a los unos de los otros, segmentando a nuestra insípida sociedad, incitándola formar pequeñas comunidades estéticas, que se forman alrededor de un evento o una moda. Esta pérdida del lenguaje nos ha quitado nuestra identidad y nos ha alejado a los unos de los otros.

Ante este escenario debemos plantearnos la misma pregunta que Herbet Marcuse nos describe en su ensayo sobre la liberación: ¿Cómo puede (el hombre) satisfacer sus necesidades sin dañarse a sí mismo, sin reproducir, mediante sus aspiraciones y satisfacciones, su dependencia respecto de un aparato de explotación que, al satisfacer sus necesidades, perpetúa su servidumbre?8


1 Freud, Sigmund. El malestar en la cultura. Ediciones Folio, S. A. Barcelona, España. 2007. Pág. 25. 

2 Bauman, Zygmunt. Tiempos Líquidos, Vivir en una época de incertidumbre. Ensayo Tusquets Editores. España 2007. Pág. 9.

3Bauman, Zygmunt. Modernidad Líquida, Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, Argentina. 2000.Pág. 13.

4 Ibídem. Pág. 13.

5 Lipovetsky, Gilles y Charles, Sébastien. Los tiempos hipermodernos. Editorial Anagrama. Barcelona, España 2006. Pág. 57.

6Ibíd. Pág. 79.

7 Sartori, Giovanni. Homo Videns: La sociedad teledirigida. Punto de lectura. Distrito Federal, México 2010. Pág. 31.

8 Marcuse, Herbert. “Un ensayo sobre la liberación”. Editorial Joaquín Mortiz. México DF. 1969. Pp. 12.